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jueves, 28 de julio de 2011

UN RELATO SOBRE LA MUERTE DEL CHE...


(El agente de la CIA Felix Rodríguez, el Che y otros soldados bolivianos)

Confesiones de Félix Rodríguez: AGENTE DE LA CIA QUE ORDENO SU ASESINATO. MIGUEL SALAZAR
Yo pude haber salvado al Che

“… El 8 de octubre de 1967, el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson es avisado por su asesor, Walt Rostow, con un memorando urgente, que el Che está preso en Bolivia”.
El protagonista de esta entrevista es Félix Rodríguez, un estadounidense de origen cubano, ex brigadista de Bahía de Cochinos, veterano de Vietnam y ahora ex miembro de la CIA, de donde salió jubilado con el grado de coronel.
Esta entrevista se planteó en Caracas una mañana de la última semana de mayo. Estando próximo a cumplirse el 83 aniversario del nacimiento de Ernesto Guevara de la Serna, me propuse un trabajo distinto sobre sus postreros días en La Higuera. Entonces, tomando un café con leche como mi ya acostumbrado ritual de cada alborada, le pregunté a un amigo (de quien me reservo su identidad) sobre Félix Rodríguez, quise saber si vivía. Me llamó la atención un libro que traía consigo titulado Guerrero de las sombras, precisamente escrito por el personaje a quien la historia reseña como el hombre que mató al Che. Fue así como, por esas cosas del destino, nos propusimos indagar sobre su paradero y logramos ubicarlo en Miami, exactamente en su casa de Biscayne Boulevard.
Miguel Salazar
La Higuera, 9 de octubre de 1967. Era el mediodía y Félix Rodríguez tomaba notas mientras conversaba con Ernesto Guevara, quien permanecía sentado en una banqueta. El ex oficial de la CIA distrajo su atención cuando vio venir a la profesora del colegio. En voz baja, ella le preguntó: –¿Mi capitán, mi capitán cuando lo van a matar? -¿Señora, por qué dice eso? -Porque nosotros vimos que usted se fotografió con él allá afuera y mire, dice la radio que ha muerto de heridas en combate.
Así fue cómo Rodríguez comprendió la orden del alto mando boliviano y se convenció de que no había más nada que esperar.
“Comandante, fue muy poco lo que pude hacer por usted, le dije a Ernesto Guevara tan pronto regresé a aquel cuartucho de piso de barro, donde Guevara permanecía sentado al lado de los cadáveres de dos de sus compañeros en la aventura que tocaba a su fin”.
Tras escuchar a la maestra de La Higuera, el capitán de la CIA destacado en Bolivia con la misión de capturar vivo al legendario guerrillero, se había convencido de que era imposible la clave 500 (vivo) frente a la 600 (murió en combate) sostenida por los generales bolivianos con René Barrientos a la cabeza (a la sazón presidente de Bolivia). La noticia anticipando la muerte del Che en un combate recorría al altiplano.
-¿Qué le dijo el Che cuando le notificó la mala noticia?
-Se puso blanco como un papel, pero casi de inmediato se repuso y me dijo con desaliento: “Es mejor así, yo nunca debí de haber caído preso”.
-Si los centuriones romanos se jugaron el manto sagrado allá en la colina de El Calvario, hoy en La Higuera, tras la muerte del Che, abundan las versiones según las cuales los soldados bolivianos se repartieron las pertenencias del Che. El relato de Félix Rodríguez nos da cuenta de que fue el Che quién repartió sus cosas a manera de recuerdos.
-Entonces, saco una pipa que tenía y me dijo: “quiero entregarle esta pipa a un soldadito que se porto bien conmigo”. En ese momento irrumpió el sargento Mario Terán reclamando la pipa. El Che lo miró y le dijo: “no, a ti no te la doy”. Cuando la pedí para mí se dio vuelta y tras pensar por unos segundos, mirándome me dijo: “sí, a ti sí te la doy”. La guarde en el bolsillo izquierdo de mi camisa. Le dije: comandante, puede hacerle llegar un mensaje a su señora. Entonces, asumiendo una forma sarcástica me dijo: “primero, si puedes, dile a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América y dile a mi señora que se case de nuevo y trate de ser feliz”.
-¿Lo atormenta el recuerdo del Che?
-Pude haberle salvado la vida al Che, pero no lo hice… y no me arrepiento, el Che vivo se habría convertido en un monstruo.
Escucho atentamente a Félix Rodríguez. He leído muchísimo sobre la vida del Che y como la mayoría de los muchachos de mi generación llevados por las circunstancias y la temprana incitación a la lucha política crecí admirándolo, y qué de cosas no escuché en boca de sus detractores. Entre otras la posibilidad de que Guevara haya sido víctima de la política soviética, para entonces de repliegue en la lucha armada, lanzando a los movimientos guerrilleros de América Latina a los brazos de la delirante revolución cultural china.
“A Guevara -afirma Rodríguez, tajante-, lo abandonaron a su suerte”.
-De nuestro interlocutor se han dicho muchas cosas, inclusive que fue quien le cortó las manos al Che.
-Eso no es verdad, ocurrió que una vez muerto Guevara, los militares bolivianos propusieron cortarle la cabeza y conservarla para que Fidel se convenciera de su ejecución. Esa acción la objetamos y entonces se le dijo a Ovando que con mutilar quirúrgicamente un dedo pulgar era suficiente porque nosotros teníamos sus huellas dactilares logradas con la colaboración de las autoridades argentinas.
-¿De quién fue la idea de cortarle la cabeza?
-Del general Alfredo Obando. Los militares bolivianos estaban iracundos. Después desistió de la idea y ordenó cortarle las manos, además, impartió instrucciones para hacer desaparecer su cuerpo.
A pesar de su edad, 70 años, Félix Rodríguez conserva una muy buena memoria, esa que le permite relatar los hechos con una pasmosa y sostenida cronología.
-¿No quiero pasar por alto un episodio, usted afirmó que pudo haberle salvado la vida al Che, dónde estaba esa posibilidad, qué ocurrió?
-Para la agencia el Che era más valioso vivo, la idea era sacarlo de Bolivia y llevarlo a Panamá para interrogarlo. Los militares bolivianos se negaron porque no querían verse de nuevo como focos de tensión y no deseaban repetir la experiencia de Ciro Bustos y Regis Debray, sobre quienes se volcó la atención mundial cuando fueron capturados en Bolivia. El gobierno de Barrientos recibió muchas presiones sobre todo de Francia. En un momento pensé en la posibilidad de cortar las comunicaciones para decirle a los captores del Che que yo había recibido órdenes de La Paz de llevármelo vivo… lo pensé bien, pero desistí de la idea. ¿Se imaginan al Che vivo en manos de la CIA? Se hubiera convertido en un verdadero monstruo para todos los periodistas del mundo.
Nuestra conversación sobre el Che se ve cortada una que otra vez cuando Félix Rodríguez trae al tapete algunos episodios sobre Playa Girón, Guatemala y Vietnam. En abril de 1961 pudo evadir al Ejército cubano ayudado por la Embajada de Venezuela. En Vietnam actuó como asesor del Ejército de Estados Unidos en contra del Vietcong. En el sudeste asiático sufrió un grave accidente cuando en un helicóptero se vino a tierra. Desde entonces padece una severa lesión que lo hace arquear ligeramente su cuerpo al caminar.
Los últimos días del Che
-Cuénteme de la tarde cuando mataron al Che.
-Aquella tarde dejé al Che solo en la pequeña habitación. Afuera se apretujaban los soldados. Entonces llamé a un sargento de apellido Terán y le dije que había instrucciones de su Gobierno de eliminar al prisionero. Llevándome la mano hasta la barbilla le dije: “No le tire de aquí para arriba, tírele de aquí para abajo pues se supone que este hombre haya muerto de heridas en combate. El hombre asintió, pidió un fusil y se hizo acompañar de dos soldados”.
-Me llama la atención la frialdad con que se cumplieron las órdenes.
-El Che era prisionero de los bolivianos, ellos lo capturaron. Era una situación de guerra. Yo no lo maté.
-¿A qué hora fue ejecutado el Che?
-Era aproximadamente la 1 y 10 de la tarde. A esa hora escuché la ráfaga y así lo anoté en una libreta.
Antes de retirarme de la habitación le dije al Che que había órdenes de fusilarlo. Entonces se puso de pie, nos miramos por segundos y nos despedimos con un abrazo.
Dos versiones y en ambas el Che acepta resignado su destino. Años más tarde, en 1977, Mario Terán le pondría ingredientes a su historia y su relato para la revista francesa París Match fue el siguiente: “Dudé 40 minutos antes de ejecutar la orden. Me fui a ver al coronel Pérez con la esperanza de que la hubiera anulado. Pero el coronel se puso furioso. Así es que fui. Ese fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: “Usted ha venido a matarme”. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: “¿Qué han dicho los otros?”, le respondí que no habían dicho nada y él contestó: “Eran unos valientes”. Yo no me atreví a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma. “Póngase sereno —me dijo— y apunte bien, va a matar a un hombre”. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto.
Son muchas las contradicciones que derivan de los últimos días de Ernesto Guevara.
-Hay versiones que indican que el Che presentaba sus piernas ametralladas para el momento de ser capturado.
-Eso no es verdad, el Che sólo presentaba una ligera herida en la pantorrilla de su pierna derecha.
-¿Cómo fueron sus días en Bolivia antes de arribar a La Higuera?
-Desde los primeros días de octubre estuve en Vallegrande para estar bien cerca de la operación mediante la cual teníamos previsto capturar al Che. Cuando supimos que se había cumplido el objetivo celebramos. Esa noche le pedí al coronel Zenteno que me permitiera acompañarlo a La Higuera para hablar con el prisionero. Zenteno aceptó. Así partimos para La Higuera en un pequeño helicóptero donde sólo cabían dos pasajeros y el piloto. Descendimos a las 7 y 30 de la mañana. Llegamos a la pequeña choza, en una calle con algunas casas, todas de adobe. Entramos y nos encontramos con un cuarto oscuro con un techo de tejas casi desintegrado.
-¿Qué hizo cuando vio al Che?
-Estaba tirado en el piso, amarrado de pies y manos. Me sorprendió encontrar a quien fuera un arrogante comandante ahora vistiendo harapos, con el cabello totalmente enmarañado. Llevaba alpargatas. Nunca olvidaré aquel 9 de octubre de 1967. Ese día tuve cara a cara a Ernesto Che Guevara. No podía creerlo, su imagen era la de un hombre disminuido. Antes le habían retirado un pequeño bolso adonde llevaba consigo varios documentos y un diario.
Si lo llevo vivo a Vallegrande los bolivianos lo habrían pensado dos veces para matarlo
-¿Cumplió su cometido de interrogarlo?
-El primero en hacerlo fue el coronel Zenteno. El Che guardó silencio. Lo único que se escuchaba tras las preguntas de Zenteno era la respiración del comandante Guevara. Se acercaba su fin vertiginosamente. Salimos de la habitación y le dije a Zenteno que la orden del Gobierno de Estados Unidos era mantener con vida al Che. El oficial boliviano movió la cabeza negativamente. Le pedí que convenciera a los generales de mantenerlo vivo. Finalmente le prometí que si él no lo lograba a las 2 de la tarde entonces yo le entregaría el cadáver del Che.
-Me imagino que cuando se despidió de Zenteno fue cuando pensó en sacar al Che con vida. El sólo hecho de que lo vieran en Vallegrande con vida hubiera impedido que se cumpliera la orden de los generales…
-Sí, le digo que los pensamientos se agolparon en mi mente. La agencia quería al Che vivo. ¿Podría yo conseguirlo?, ¿cómo me las arreglaría para llevarlo a La Paz sin que lo supieran los bolivianos?
-¿Tarea muy difícil, no?
-No demasiado, había un solo teléfono y no había comunicaciones radiales. Cuando el helicóptero llegara podía dirigirme al teléfono y luego regresar y decirle al piloto que había habido un cambio de órdenes, que la Embajada de Estados Unidos había convencido al presidente Barrientos de conservar vivo al Che y llevarlo a Vallegrande, allá los bolivianos lo hubieran pensado dos veces para matarlo.
-¿Qué lo hizo desistir?
-Batista dejó vivo a Fidel y fíjate la vaina que echó. Yo estaba tranquilo porque intenté por todos los medios normales de que no mataran al Che; además, esa era una decisión boliviana y no norteamericana, nosotros éramos sólo asesores.
-¿Por qué fracasa el Che en Bolivia, sobre todo siendo el autor del célebre manual de la lucha guerrillera, un documento obligado en no pocas academias militares en el mundo?
-Precisamente, en un medio rural la boliviana fue la única guerrilla en el mundo que yo conozco que jamás logra reclutar a un solo campesino en cerca de un año de operaciones en el terreno. Nadie, ni un solo campesino del área se le sumo a esa guerrilla.
No fue fácil cerrarlos en corto tiempo
-Hábleme de la expresión del Che sin vida. Su cuerpo tendido en aquella mesa ha sido comparado con la escena del Santo Sepulcro.
-Cuando entré en la habitación el cadáver del Che estaba bocarriba, tenía la cara llena de fango. Me imagino que cayó de frente en el piso húmedo. Mientras le reclamaba por la muerte de soldados bolivianos, uno de los militares le cruzó la cara con una vara, El capitán Gary Prado me dijo: “Mi capitán, hemos acabado con las guerrillas en América Latina”. Entonces le dije: “Mi capitán, si no las hemos acabado por lo menos las hemos demorado por largo tiempo”. Ya eran cerca de las dos de la tarde y ya se escuchaba el helicóptero que aterrizaba cerca. Ellos se fueron. Yo le pedí un vaso de agua a un soldado y le lave la cara al Che y trate de cerrarle la quijada con mi pañuelo y los ojos que se le abrieron otra vez… no fue fácil cerrarlos en corto tiempo.
Entonces bajaron una camilla, lo montamos y lo trasladamos al portón derecho del helicóptero. Yo lo estaba amarrando y recuerdo que me dice el piloto Jaime Núñez Guzmán, mi capitán hálelo hacia adelante para hacer contra peso. Le metí la mano por abajo y cuando lo hale y la saque la tenia llena de sangre. Aparentemente una bala le había roto la aorta y como era una camilla de plástico se había concentrado la sangre debajo. Me limpié en el pantalón, de ahí entonces ya entre en el helicóptero y en ese momento vino un soldado y le dijo al piloto: “Esperen, esperen, que el padre quiere verlo”. Estuvimos un rato con el motor prendido hasta que apareció un sacerdote católico. Se acercó y lo bendijo. El cura por poco no queda decapitado porque al apearse de la mula lo hizo muy cerca de las aspas del helicóptero.
Despegó la nave y al poco rato divisamos la pista del aeropuerto de Vallegrande. A los lados todo tipo de naves aparcadas y periodistas de todo el mundo. Descendimos y mi compañero se encargó del cadáver y lo llevó a una vieja ambulancia que lo trasladó al hospital Nuestro Señor de Malta. Así Félix Rodríguez bajó la gorra sobre su rostro lo más que pudo y se perdió entre la gente casi con el sigilo de un gato. Con ese apodo lo conocieron en la sierra. Y pensar que Félix Rodríguez estuvo a pocos minutos de cambiar la historia, al menos el rumbo de este relato.
Chino Daza

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