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miércoles, 24 de noviembre de 2010

María de los Santos Hernández, la partera de La Loma



La señora María de los Santos Hernández, partera de larga experiencia, nos recibe en su humilde casa, la misma que albergó a cientos de mujeres y vio nacer otras tantas criaturas. Desde hace 5 años no ejerce este noble oficio debido a una penosa enfermedad que la aqueja; sin embargo, con mucha lucidez y actitud franca, nos cuenta su experiencia.

La señora María llegó a Loma Curigua a los 15 años. Comenzó a asistir partos desde los 14 años en compañía de su mamá, María Georgina Hernández, de quien aprendió el oficio.

“Nos buscaban tanto que muchas veces teníamos que coger una pa’ un lado y otra pal’ otro porque se juntaban muchas mujeres esperando parto. Yo asistía también, pero la que tenía la patente del gobierno era mi mamá, así que dejaba que ella los presentara. Cuando mamá se enfermó me pidió que me patentara pa’ seguí’ asistiendo”

La partera patentada (autorizada por el gobierno para ejercer el oficio) en esos
tiempos, llevaba un cuaderno de los embarazos asistidos, de los niños y niñas nacid@s en sus manos. Estos datos los llevaban al hospital o a la Alcaldía para presentarlos. El hospital asumía estas cifras como partos atendidos por ellos.
Esta mujer sabia perdió la cuenta de l@s niñ@s que trajo al mundo; cuenta que la buscaban de Sainó, Bojó, Yay, Villorín Cerro Blanco, Quebrada Honda; pero los más eran atendidos en su casa.

“A veces reunía hasta cuatro mujeres preñás que duraban tiempo en este ranchito. Los esposos las traían con todo, hasta comida pa’ mi, a veces hasta un mes antes y algunas duraban hasta 2 meses después de parir porque se amañaban mucho. Las asistía, les cocinaba y les lavaba y me pagaban 5 bolívares de los viejos por el tiempo que estaban aquí. Nunca atendí mujeres ricas, puras pobres. Mi mamá sí, hasta mujeres de musiús atendió”


Preguntándole qué opina de la cesárea, responde “yo creo que orita las mujeres son muy flojas o los doctores son flojos…o es por plata. Yo atendí mujeres con partos difíciles, primerizas, con muchachos sentaos, atravesaos, de pie. Lo que pasa es que orita los muchachos salen comprados desde la barriga: que si están torcíos, que las paticas están así, asao. Todos sacan plata del parto. Yo nunca corté ni cosí a ninguna mujer. Tampoco se afeitaban como ahora.
Cuando una mujer estaba esperando, lo primero que uno hacía era darle sobas, a algunas desde los 7 meses. Cuando iba a parir se le daba una soba con aceite alcanforado pa’ ver cómo venía el muchacho y acomodarlo. Al comenzarle los dolores hervía una migajita de pasota, manzanilla, ajenjo y artemisa, se le agregaban unas gotas de Artile (compradas en la farmacia) o con hojas de higo. Eso las ponía de brinquito.

Después que nacía la criatura, con una tijera esterilizada en alcohol se cortaba el ombligo y se amarraba con un cordoncito hecho con hilo blanco. Le ponía un algodoncito con aceite alcanforado y ya a los 2 o 3 días se caía el ombligo. Nunca se infectó ninguno.

El primer parto que asistí fue el de una tía que se encontró obligada porque mamá estaba atendiendo una mujer en Moreco. El esposo fue a buscar a mamá y como no estaba me fui yo. Allí le hice una bebida de raíz de pasota, manzanilla, alucema y escobilla pa’ enfuertale el dolor. Ella me pidió una soba y se la di con manteca de león que era lo único que había. Tibié la manteca y la sobé”.

A pesar de estar enferma, María todavía soba a mujeres preñadas a partir del séptimo mes de embarazo. “Agarro el vientre y lo voy tanteando pa’ ver cómo está la criatura. Con la soba se acomodan”

“El último parto que atendí fue el de un bisnieto, hijo de una nieta mía que tiene como 7 años. Mi nieta parió 2 hijos en el hospital y 2 conmigo. Todos mis hijas, menos Nancy, parieron conmigo. La mayor tuvo 7 y Carmen 3. Yo tuve 7 hijos, 4 me los atendió mi mamá y 3 mi hermana Petra que también era partera. Ninguna de mis hijas aprendió el oficio porque son muy flojas, les da miedo. Además este es un trabajo muy duro, mucho trasnocho. Antes de enfermarme no pensé en retirarme porque qué más va a hacer uno, hay que atendé a las mujeres preñás.

Como anécdota, queremos rescatar lo que, desde su cama de enferma, nos cuenta: “Varias veces unos doctores nos dictaron talleres pa’ enseñarnos a asistir partos”
¡¡¡50 años trayendo criaturas al mundo no serán suficiente experiencia para las tantas Marías parteras que había en esta tierra de gracia!!!! Imaginemos entonces, a la docta academia enseñando a María a asistir partos.

En estos 50 años, María no ha recibido reconocimiento alguno: “Una vez vinieron unos guaros que trajo Miriam. Me grabaron y me dijeron que me iban a traer un CD pa’ que le quedara de recuerdo a mi familia, todavía lo estoy esperando. Reyes Reyes, cuando era Gobernador también me mandó a buscar. Fui al Hospital; de ahí se llevó un fajo grueso de papeles donde estaban anotados los partos que yo había atendido. No se pa’ que se los llevó porque más nunca supe más nada. De los muchachos que traje al mundo tampoco supe más. Después que las mujeres se iban no los veía más”

Así, perdida en sus recuerdos, termina de contarnos una experiencia que quizás ni ella misma sepa el valor que tiene; sobre todo en estos tiempos en que muchos de los médicos especialistas en atender mujeres preñadas han hecho de este uno de los oficios más lucrativos de la medicina. No importa si la mujer puede parir; una cesárea es más rentable y ayuda a pagar el carro último modelo o las muchas “necesidades” de estos esforzados profesionales.

Lo grave de todo esto, creemos, es que el noble oficio de la partera, reconocido actualmente en otras partes del mundo y por organismos como la Organización Mundial de la Salud, se está perdiendo en este país donde creemos que progreso es parir en un hospital, con aparatos que agreden a la madre y al hijo; con sobremedicación, en largos procesos, tomando el embarazo como una enfermedad y no como un proceso natural donde la mujeres es consciente y participa de este milagro que está ocurriendo desde su cuerpo.

"Toque esta mano. Esta mano que palpa el vientre y encuentra la cabeza y endereza al niño cuando viene mal. Esta mano que transmite serenidad y fuerza a la mujer, mientras su cuerpo se abre, y después le ofrece te de canela o alhucema. Esta mano que brinda una pizca de miel al recién nacido, para que ese sea su primer sabor del mundo. Esta mano que entierra la placenta, que es como raíz recién arrancada, que se viene con tierra y todo y a la tierra vuelve.
Esta mano que da de nacer. ¿Existe acaso un oficio más hermoso?"
(Eduardo Galeano)

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